Pages

Mostrando entradas con la etiqueta Torturas. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Torturas. Mostrar todas las entradas

jueves, 26 de julio de 2012

John Wayne Gacy, el payaso asesino

Gacy era un buen tipo, muchos lo consideraban como “un vecino modelo”. Atento, amable, siempre dispuesto a colaborar de forma desinteresada con las asociaciones para la mejora de la comunidad. Todo un ejemplo de ciudadano, a no ser, claro está, por las decenas de cadáveres que aparecieron, como el que no quiere la cosa, bajo su casa… Casado, con dos hijos y homosexual reprimido, a los 26 años intentó abusar de un jovencito al que maniató. Todavía inexperto en esto de los asesinatos, el jovencito se escapó, lo denunció a la policía y el bueno de Wayne fue a parar con sus huesos en la cárcel. Lo condenaron a diez años de prisión, pero al igual que en su vida pública, Gacy fue en recluso modelo y consiguió que a los 18 meses de estar en prisión lo dejaran en libertad. Salió el 18 de junio de 1970.

Tras salir de prisión volvió a sus quehaceres, se reintegró, levantó un negocio próspero que daba trabajo, como no, a los jovencitos del barrio. Daba fiestas en su jardín multitudinarias a las que acudían las almas más piadosas de los alrededores, gente de las asociaciones en las que Gacy trabajaba, como la Defensa Civil de Chicago o los Jaycees, una especie de cámara de comercio para la juventud, y si todo esto es poco, se enfundaba su disfraz de Pogo, un payaso más terrorífico que divertido, y acudía en sus ratos libres a entretener a los niños de los hospitales y orfanatos cercanos. Un buen disfraz sin duda: ¿Quién iba a pensar que tras aquel payaso se escondía un violador, asesino y maníaco en potencia? En 1972 se casó de nuevo con una tal Carole Hoff, divorciada y con dos hijas, que pese a conocer el motivo por el que Gacy fue encarcelado, no le dio más importancia pensando que fue algo pasajero y que aquel buen hombre no volvería a cometer los mismos errores. Craso error de Carole, por supuesto, pues ese mismo año, Wayne Gacy cometería su primer asesinato.

Un joven con el que se había acostado en su propia casa, por la mañana, según relató Gacy, lo encontró con un cuchillo en la mano, pensando que el joven quería robarle, entablaron una lucha y Gacy lo mató… éste seguro que no lo denunciaba como el anterior. A Gacy siempre le gustaron los negocios. El padre de su primera mujer era director de zona de las filiales del Kentucky Fried Chicken, y uno de estos restaurantes fue el primer negocio que dirigió. Tras varios intentos fallidos, en 1974 creó la empresa de constructores, Painting, Decorating and Maintenance Contractors, Inc. De nuevo, la particularidad de la empresa es que toda la plantilla eran jovencitos apuestos. Él comentaba que así eran menos impuestos, aunque la realidad era bien distinta, pues la verdadera finalidad era usarlos para sus prácticas sexuales. Muchos de estos trabajadores se convirtieron en sus víctimas y acabaron a un par de palmos bajo el suelo del sótano de su casa. John Wayne Gacy no era ningún portento de la belleza, era un tipo más bien gordo y bajo, afable y, eso sí, con pinta de una muy buena persona. Cuando no se hallaba ocupado en abusar y en hacer desaparecer a alguno de sus trabajadores, salía de caza. Acudía a lugares de encuentros homosexuales, donde seleccionaba a sus víctimas. Los llevaba a su casa, donde los maniataba, torturaba, sodomizaba y al final, estrangulaba. El sótano de Gacy ya estaba repleto de cadáveres. El buscar un hueco libre para enterrarlos llegó a convertirse en todo un problema, de modo que comenzó a arrojar cadáveres al cercano rio Des Plaines. Ciertamente, a Gacy tampoco parecía preocuparle demasiado la discreción en aquellos tiempos y nunca fue un lince ocultando sus atrocidades. Los rumores y los dedos acusadores no tardaron en señalarle cuando comenzó a llevar a casa a sus víctimas a plena luz del día, y más cuando un buen número de sus empleados habían desaparecido sin dejar rastro. 

La desaparición de Robert Piest, su última víctima, fue la que puso a la policía sobre su pista. La madre de Piest le estuvo esperando el 11 de diciembre de 1978, el día de su cumpleaños, pero Gacy se anticipó y realizó su macabra celebración. La madre, cuando denunció su desaparición, dijo que el chico había ido a un aparcamiento a verse con un contratista para un empleo de verano. Piest trabajaba en un Drugstore y allí informaron a la policía de que Gacy había estado en la tienda realizando un presupuesto de reformas. Tirando del hilo poco a poco, todo condujo a Gacy. En su casa encontraron 33 cuerpos y todo un catálogo de efectos personales para identificarlos. El payaso asesino había conservado trofeos de casi todas sus víctimas, aunque ni tan siquiera recordaba el nombre de la mayoría. En su desfachatez, incluso llegó a vender el coche de uno de sus asesinados a un empleado. Nunca se ha sabido a ciencia cierta a cuántas personas mató Wayne Gacy. Algunos jóvenes tuvieron la suerte de escapar de la casa de Gacy, quizás porque colaboraron voluntariamente en los temas sexuales, quizás porque Gacy no tenía ese día en concreto ganas de matar, incluso uno de ellos, con el que sí que lo intentó, escapó y lo denunció a principios de 1978. Se trataba de Jeff Rignall, de 26 años, había aceptado subir al coche de Gacy y éste lo durmió con cloroformo en un descuido. Rignall despertó maniatado en el sótano de Gacy. 

Allí lo violó y lo volvió a dormir con anestésico en varias ocasiones. Finalmente, no se conocen los motivos, Rignall despertó en un parque cercano con el hígado destrozado por el cloroformo. Lo denunció a la policía que, increíblemente, dictaminó que no habían pruebas suficientes para inculpar a Wayne Gacy sin tan siquiera sospechar ni relacionarlo con las frecuentes desapariciones en la zona en los últimos años. El pasado de Gacy coincide con el perfil de la mayoría de psicokillers de la historia. Una familia desestructurada, un padre alcohólico que maltrataba a todos sus hijos y a su mujer, que incluso una vez mató de un tiro al perro de John como castigo por algo que había hecho. Según el mismo Gacy contó, a los cinco años una muchacha había abusado de él y a los ocho años fue un contratista quien se propasó. John Wayne Gacy fue un psicópata sin ningún tipo de remordimientos, frío y despiadado y con una gran capacidad de convicción para hacer creer a todo el mundo lo que quería. Su doble vida fue el papel de su vida, una actuación perfecta que mantuvo casi indemne hasta que lo atraparon. Fue ejecutado por inyección letal el 9 de mayo de 1994, sin el más mínimo atisbo de arrepentimiento sobre ninguno de sus asesinatos. 

Sus últimas palabras fueron: “Besadme el culo”. Dos frases en una entrevista en la cárcel retratan muy bien su forma de ver la vida: -¿Qué está permitido hacer? -Todo lo que pueda sin ser pillado. -¿Qué es bueno? -Todo lo que es bueno para mi. Gacy pintó una serie de dibujos y cuadros, de factura más bien patética, y como también suele ocurrir en estos casos, una panda de enfermos que consideran a este tipo como una especie de héroe místico han llegado a pagar sumas considerables por estas basuras. Portada de algunos de cd´s de algún grupillo pseudosatánico e inspirador de alguna que otra película de serie B. 



sábado, 3 de marzo de 2012

Tortura a homosexuales iraquíes

En Irak, a los homosexuales, según indicaciones de muchos clérigos, se les sella el ano con pegamento de contacto, que como se sabe, es imposible de despegar salvo por cirugía, y, posteriormente, se les hace beber un potente laxante que les produce una diarrea salvaje hasta que mueren.

La cuna

Ésta se podría considerar una forma evolucionada de la cuna de Judas, ya que en vez de ser en forma piramidal, era una especie de potro terminado en pico y con una hoja de metal afilada.

Se ponía a la víctima sentada con el ojete encajando con la hoja cortante y además se le ponía una bola pesada en los tobillos para que el peso fuera mayor y por lo tanto, se desgarrara antes.
Normalmente la muerte era por desangramiento, aunque si había suerte, se podía llegar a ver alguna extremidad amputada.


La cuna de Judas

La cuna de Judas es un instrumento de tortura (inventado por el jurista boloñés Ippolito Marsili) utilizado principalmente para sacar confesiones. Consiste en una pirámide puntiaguda, sobre la cual se alza a la víctima para después dejarla caer una o varias veces, de modo que la punta topara con la zona genital o anal, con mayor o menor presión dependiendo de cómo evolucionara la confesión.

Fue utilizado en Europa en tiempos de la Inquisición siendo conocido con el mismo nombre (alusivo al apóstol traidor). También se atribuye su uso, con algunas 'mejoras' (cinturones, electricidad, etcétera), a las dictaduras militares hispanoamericanas del siglo XX.


El tormento de la rata

Es un método de tortura cuyo origen se remonta a los tiempos de la antigua China. Consistía en colocar una jaula, abierta por debajo, en el abdomen del condenado (el cual permanecía tumbado boca arriba y completamente inmovilizado). Seguidamente, los verdugos colocaban brasas en la parte superior de la jaula y agitaban palos ardiendo para asustar al roedor. De esta manera, la rata, presa del pánico, se veía obligada a mordisquear el abdomen del reo hasta abrir un túnel por el que escapar. Se cuenta que, en determinadas ocasiones, la rata llegaba a atravesar el cuerpo del reo por completo.


Uñas de gato

Las uñas de gato (o garras de gato) son un instrumento de tortura que consiste en largas pértigas con ganchos o rastrillos en su extremo, con los que se arañaba la piel desnuda del torturado, el cual estaba atado e inmovilizado. Permite arrancar la piel a tiras o desgarrar la espalda, pecho o abdomen del condenado. Estas heridas podían infectarse, o ser usadas para posteriores torturas.

Una variante de esta tortura se aplicaba a ladrones, consistía en cerrar el puño de la mano y amarrar un guante de tal forma que al pasar el tiempo y al crecerle las uñas por naturaleza, éstas se enterraban en la mano.

El aplastacabezas

El aplastacabezas se usaba en la edad media, y ya solo con su nombre da bastante información de su forma de uso, su mecanismo es simple: En la barra inferior se colocaba la barbilla del torturado, y el casco era empujado hacia abajo con el tornillo. Primero se rompía la mandíbula, y luego el cerebro salía por las cavidades de los ojos.

En la actualidad, aunque no se usa como pena capital, sí es preferida para interrogatorios en gran parte del mundo. El aparato consta de un material blando por dentro que no deja marcas en la víctima.


El Escafismo

El Escafismo o tortura de la artesa fue un suplicio utilizado por los persas que consistía en meter a la víctima en un cajón de madera con cinco agujeros por los cuales ésta sacaba la cabeza y sus cuatro extremidades. En esta postura se le obligaba a comer y beber para que no muriera deshidratado o de inanición. Para beber se le daba miel disuelta con leche, con la que también se le embadurnaba la cara. Esta situación provocaba en el cuerpo del sentenciado un doble proceso de agusanamiento. El primero era provocado por los huevos que depositaban moscas y otros insectos en su rostro. El segundo era provocado por las heces que el condenado iba depositando en el interior de la artesa. Estas larvas y gusanos devoraban lentamente las entrañas del reo hasta su muerte. El suplicio podía durar hasta 15 días.

Este suplicio también se ejecutaba metiendo al sentenciado dentro del vientre de un caballo u otro animal corpulento y dejando fuera las cinco partes del cuerpo mencionadas. De este modo, el procesado quedaba entregado a los horrores de una doble putrefacción, la del animal en cuestión y la suya propia.